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teresa díaz guzmán

historias de la pena media: la crisis

Hablar de crisis de madurez es más exacto que aquel término viejuno de crisis de los 40 porque, en realidad, sobreviene entre los 30 y los 50 según cada quien. Es ese momento en que te paras –el final de un año e inicio de otro es un momento ideal para esto, así como las vacaciones y los aniversarios–, miras atrás, haces balance de lo que has vivido, lo que soñabas y dónde estás. Si estás donde querías o no pero te sientes feliz con lo que eres, tienes y haces, sigue ahí y mi enhorabuena pero ¡ay de ti, si la vida que llevas no te hace feliz! Es el momento de las dudas.

 pasado, presente y dudas

 

A mi alrededor, esas dudas se han transformado en una epidemia de crisis matrimoniales, algunas acabadas en divorcios. Supongo que se trata de un contagio similar al de los embarazos o las bodas, que son otros ejemplos de circunstancias generacionales: los que hace diez, quince años nos casábamos, estamos ahora descasándonos. La separación conlleva un proceso de duelo que se ha de pasar. Una vez superado el impacto inicial, sigue un proceso de reconstrucción personal e incluso uno mucho más básico de reestructuración de rutinas: limpiar la casa, llenar la nevera, llevar y recoger a los niños, hacer la comida y la cena, ir al trabajo los más afortunados… Tener obligaciones ineludibles en esos momentos es un gran salvavidas aunque en el momento parezca lo contrario.

La crisis, a otros amigos, les hace otras preguntas: ¿lactancia materna o biberón?, ¿tiene hambre o hay que cambiarle el pañal?, ¿lo dejamos con mi madre o lo llevamos a la guardería?, ¿Método Estivil o el de Rosa Jové? Son los que después de esos diez años empiezan a tener hijos. Estas parejas pelean por lograr un equilibrio de roles, combaten cada día contra la herencia recibida y su ideal actual de pareja cooperadora. Te hacen sentir una más en sus casas y disfrutar de los enanos por un rato como la tía molona que eres, mientras son ellos –las sufridoras madres y padres– los que aguantan las noches en vela y los cambios de pañal (seamos sinceros: esto es malo). ¿La pega? Que algunos se empeñan en activar el instinto maternal que tooodas las mujeres tenemos. ¡Vade retro Satanás! Ya se coló el machismo imperante en la conversación.

 

La misión de la mujer es ser madre

El mismo micromachismo que te mira con pena por estar soltera (que no sola). Y la conversación la repasas en casa, le das vueltas y la semilla de la duda está ya sembrada en tu cerebro: ¿es verdad que estoy negándome mi derecho –léase obligación– a ser madre? Y he aquí, señores y señoras, otra crisis.

Comments (2)

  • Amparo

    Muy interesante Tere, como todas tus historias. Aunque me falta una segunda parte de la historia. ¿Quién inventó la idea de que en una oreja las cosas siempre fluyen?….

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  • teresadiaz

    Creo que esa idea iba en la misma historia en que nos contaban que éramos una media naranja en busca de otra media que nos completara, que con quererse basta y que un solo amor es para siempre.
    Lo tendré en cuenta para otra historia, Amparo.

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