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teresa díaz guzmán

amigas vida

las líneas de la vida

Sofía se durmió rápidamente, como un bebé, casi sin ser consciente, y con la misma rapidez se transformó en línea: recta, infinita y morada. A lo largo del sueño, esa sucesión de puntos que era ella iba cambiando: más fina, más delgada, punteada, ondulada, recta de nuevo.

En un momento dado, vio que otras líneas –iguales, parecidas, otras completamente diferentes, naranjas, amarillas, rojas, rosas– la rodeaban. Sofía bailaba con unas, entretejía sus curvas con otras más, sonreía a todas. La alegría calentaba su pecho y, entonces, muchas líneas desaparecieron de golpe. Al darse cuenta de que no estaban, se sintió sola, abandonada, y lloró. Su llanto –manso, caliente e intenso– pareció durar días.

Cuando pasó, Sofía vio que unas cuantas líneas seguían a su alrededor, salpicadas, las más cercanas, por sus lágrimas. Esas rayas de colores y formas variadas la acompañaban, la arropaban, la cuidaban. Y, poco a poco, volvió a sonreír.

Entre todas ellas, yendo y viniendo, casi rozándola unas veces y a mucha distancia otras, se fijó en una línea azul, un tanto desteñida también. Mirando atrás, la vio infinita: hasta donde le alcanzaba la vista, siempre estuvo allí. Sofía sintió curiosidad y atracción por aquella línea inestable pero constante.

Otra constante, además del tiempo, fue el espacio: siempre encontraba una distancia entre las dos, por mínima que fuera, que no podía salvar, como si fueran dos imanes de un mismo polo. Cuanto más trataba de acercarse, tanto más se alejaba su amiga azul y, al revés, era Sofía la obligada a retirarse si la otra línea avanzaba.

Mirando atrás, vio las huellas de su extraño baile, infinito y paralelo. Y con esta imagen en su mente, despertó.

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