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teresa díaz guzmán

abrazo

solo un abrazo

Te siento con las yemas de los dedos, haciéndolas pasear despacio por tus hombros. Tus labios junto a mi oreja, solo rozándola. Tú aún no sabes que eso me vuelve loca. Apoyo mi nariz en la base de tu cuello y aspiro profundamente tu mezcla de feromonas. Tú besas, imperceptiblemente, mi cuello, descubierto, justo debajo de la oreja. Mi mano danzarina baja hasta tu cintura y se enreda en una trabilla de tu pantalón, donde cuelgo el pulgar, cayendo la palma casi en el bolsillo trasero. Mis ojos, cerrados, intensifican las sensaciones del resto de sentidos. Soy toda piel y olfato.

Disfruto intensamente del calor de tus manos en mi piel, calentando instantáneamente las zonas que acarician. Primero el brazo, el hombro, hasta el cuello, recogiendo mi nuca y presionando, aún sin saberlo, mi botón de no retorno. Otra, en mi espalda, a la altura de la cintura, piel con piel por debajo de la camiseta. Vuelves a besarme casi sin tocarme, recorriendo mi hombro desde el exterior hacia el cuello. Toda mi piel se eriza, se acelera el bombeo de sangre y mis ojos brillan tras los párpados.

Necesito besarte, ya. Te miro a cámara lenta, tremendamente intenso, tan cerca. Los labios, los ojos otra vez. Tú miras también mi escote y entonces muevo, aproximándome a tu rostro muy despacio. Tú arrastras el dedo índice desde mi nuca, sin perder nunca el contacto, hasta la mella de mi boca.

Evaporas mi valor y dejo caer mi frente en tu hombro. Las lágrimas brotan solas, lentas, calientes, tan mudas como yo misma.

Me abrazas, fuerte, apretándome contra ti, al tiempo que, tras un suspiro, te despides de mí: «Es mejor que me vaya. Ahora.»

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