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teresa díaz guzmán

abuelos

manuel y maría

Cerca ya de los ochenta, Manuel necesita boina y bufanda que le protejan del frío y un bastón que sostenga sus huesos. Ahora, lo lleva colgado del brazo mientras se abrocha el abrigo, camino de la habitación. Se para en la puerta y observa cómo su mujer se arregla. Cuando ella se da por preparada, con voz calma y sus eses arrastradas, le recuerda:
– María, los zarcillos.
Y María, que pasa de largo los setenta y lleva oyendo esa misma frase más de media vida, refunfuña y vuelve a sentarse ante el espejo. Quita la tapa cerámica del joyero y escoge unos pendientes de oro con una pequeña piedra, cuadrada y blanca, que combina con los arabescos de su vestido oscuro. Se mira con ellos puestos, coloca un mechón en la nuca y, asegurándose de que él no la ve, sonríe.

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