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teresa díaz guzmán

saludar trabajo

buenos días

Al llegar a la oficina, cada mañana, Rebeca saludaba a todo el que encontraba en su camino. Para cada uno de sus compañeros tenía una palabra amable, una pregunta, una broma, empezando por el guarda de seguridad de la puerta: Buenos días, Jose. ¿Qué tal tus nenas? ¡Vamos, que hoy va a ser un día grande! Ya estamos otra vez aquí. ¿Tú te has ido a casa a dormir o sigues en el mismo sitio desde que me fui? Los días de frío, la actualización se hacía subiendo las escaleras deprisa, frotándose las manos o cerrando el paraguas si había estado lloviendo.

Cuando pasaba por el despacho de Bruno, él ya estaba allí, siempre antes que ella, revisando el periódico, serio, silencioso. Repite un buenos días general al que, en todo el tiempo que lleva allí, no le ha oído contestar.

Al llegar a la oficina, otra mañana, las chaquetas eran ya más ligeras, los pañuelos habían ocupado el lugar de las bufandas y Rebeca seguía saludando a todo el mundo. Buenos días, Salva. Qué día tan bonito, ¿eh? ¿Qué tal la fiesta de anoche? Se te ve más moreno, ¿ya has ido a la playa? Más luz, más sonrisas, algo más de alegría en el ambiente.

Cuando pasaba por el despacho de Bruno, él estaba allí, como siempre, antes que ella. Hablaba por teléfono, cabeza alta, la mano libre moviéndose en el aire. Rebe golpeó con los nudillos en el marco de su puerta y agitó la mano a la vez que susurraba un mudo ‘hola’. Él dirigió su mirada a la puerta, alzó el mentón y siguió con su conversación.

Al llegar a la oficina, una mañana ya de verano, Rebeca repartía abrazos y besos a los que volvían de vacaciones. Hombre, qué guapo estás. ¿Qué tal la familia? Te ha sentado bien el descanso. ¿Dónde has estado? ¿Los nanos, bien? ¿Tenías ganas de volver? Te hemos echado de menos. Sonrisas amplias, energía, algún leve gesto de fastidio…

Cuando pasa por el despacho de Bruno, él está allí, sobrellevando la recta final antes de las vacaciones. Rebeca saluda pletórica, inasequible al desaliento: «Buenos días, Bruno». Silencio. Mientras Rebe camina hacia su mesa, una pulsión, nacida quién sabe dónde, la hace volver atrás, aún con el bolso en bandolera, la botella del agua, el periódico…

– Buenos días, Bruno.– Sonríe, mostrando su mejor versión de niña tierna–. No me pienso mover de aquí hasta que me respondas.

Él inicia la sonrisa antes de alzar la cabeza, suelta el periódico despacio y arregla con parsimonia sus mangas por encima del codo. Solo cuando están perfectas, la mira, apoyada la espalda en el marco de la puerta, le sonríe abiertamente y saluda.

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