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teresa díaz guzmán

cupones ilusion

la magia de un cupón

Juan y Marcela ya se han dado las buenas noches y han apagado la luz. El cansancio del día hace mella en sus cuerpos y se disponen a dormir. Él recuerda que tiene un cupón por comprobar, coge el móvil y abre el navegador.
– Cielo, no lo mires.
– ¿Por qué? ¿No quieres saber que somos millonarios?
– No, no quiero.
– ¿Y eso?
– Ahora mismo tenemos la magia, la ilusión, la posibilidad… Como la noche de reyes –la voz de Marcela se impone, intensa, apasionada, sobre el sopor–, cuando todo es posible y tienes fe en que recibirás lo que has pedido. Hazme ese regalo, por favor.
Sonriendo, Juan deja el móvil en la mesilla y la atrae hacia sí, la abraza y le cuenta entre beso y beso.
– Mañana, cuando seamos millonarios, te voy a llevar a la isla esa de la peli…
– ¿La de Mamma Mia?
– Sí. No sólo ir, no, ¡la vamos a comprar! –bravuconea– y saldremos en yate a alta mar…
– Podemos comprar una casona vieja, entre montañas, reconstruirla nosotros, cultivar, tener animales…
Juan se incorpora un poco, apoyando la espalda en el cabezal y cambia el gesto del rostro a uno más serio, marcando ese surco en el entrecejo:
– ¿Gallinas y ovejas? O mejor una comuna de esas de recuperación de burros griegos, ¿no están en peligro de extinción?
Ella ignora su deje de fastidio, se incorpora sobre el antebrazo y casi grita «sí, ¡burros!».
– Venga, Juan, mira qué número ha salido.

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