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teresa díaz guzmán

Cuidar ancianos: una profesión con mucho futuro

Al paso que vamos, en un «futuro cercano», la mitad de los españoles serán centenarios y la otra mitad tendremos que trabajar para mantenerlos. Pero sin malos rollos, que nadie me malinterprete. Lo que quiero decir es que los trabajadores sociales, enfermeros/as, médicos y, sobre todo, los gerocultores van a tener cada vez más faena. Así lo indican los últimos estudios de esperanza de vida realizados recientemente: los participantes en el XXXIV Congreso Nacional de Estadística e Investigación Operativa, que se celebra estos días en Castellón, creen que si las condiciones del pasado continúan, a no mucho tardar, la mayoría de residentes en España tendremos que soplar tartas con tres dígitos.

Ya hay quien ha visto en este paulatino envejecimiento de la población (extensible a nivel mundial, aunque especialmente europeo) un auténtico negocio. Como según datos de Eurostat, de aquí a 2060 se triplicará el número de personas mayores de 80 años, un grupo de investigadores de varios países europeos trabajan en la creación de robots especializados en el cuidado de ancianos y personas dependientes. Su labor sería de apoyo, basada en el seguimiento de los patrones de comportamientos: con cámaras, sensores, audio y una pantalla táctil, ante cualquier situación anómala avisarían a sus usuarios o transmitirían la voz de alarma a un centro de control.

El proyecto atiende al nombre de Mobiserv –An integrated intelligent home environment for the provision of health, nutrition and well-being services to older adults– y recibe ayudas para la investigación desde la Comisión Europea. Estos androides deberían estar en el mercado en dos o tres años, de acuerdo con el calendario de trabajo establecido. Su precio de mercado rondaría los 6.000 euros.

Con o sin contrato, por cuestiones familiares o como alternativa laboral, cada día son más los trabajadores que se ven obligados a reciclarse en el cuidado de ancianos como otra forma de ganarse la vida. Por una parte, la crisis ha llevado a muchos españoles a sacar a sus mayores de las residencias y a hacerse cargo de ellos por sus propios medios para ahorrarse gastos. Por otro, ha recolocado mano de obra en paro en un sector que hasta hace poco parecía tarea exclusiva de inmigrantes.

Llegado a este puntos, merece la pena subrayar las diferencias entre un trabajador/a social y un gerocultor/a. Normalmente, la gente confunde a los primeros con los segundos. Los gerocultores son quienes se encargan de asistir y supervisar a los ancianos en residencias o unidades de cuidados donde se encuentren, para ayudar a que estos puedan desarrollar su vida cotidiana (paseos, comidas, higiene, etc.) sin problemas.

Mientras, el trabajador social, por definición, es aquel que «promueve el cambio social, la resolución de problemas en las relaciones humanas, y el fortalecimiento y la liberación del pueblo, para incrementar el bienestar de las personas», ya sean de la tercera edad u otra índole. Tampoco los médicos atienden exclusivamente a gente mayor pero, en los próximos años, tendrán que reciclarse –más, si cabe– no sólo en patología geriátrica, sino también en cómo ayudarles a mantenerse activos, evitar depresiones, prevenir lesiones…

Los más ‘mayores’, de España
A pesar del ligero retroceso experimentado en 2012, de acuerdo con datos facilitados hace apenas un mes por la propia Eurostat, en los que la esperanza de vida para los hombres había pasado de 79,16 años en 2011 a 79,01, y de 84,97 a 84,72 en las mujeres, España se mantiene a la cabeza de la clasificación continental de longevidad de sus ciudadanos. En marzo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) fijó la media de vida en el país en 82,2 años.

La doctora Claudia Stein, autora del estudio, atribuyó entonces a la «poca mortalidad materna e infantil» el liderazgo hispano, con Francia e Italia en segundo y tercer lugar. De los 53 países analizados, el que tiene una expectativa de vida más baja es Kirguistán, con 68,7 años. Turquía y Rusia se mueven en registros similares. La mortalidad en Europa ha caído en general en las últimas décadas, según los datos esgrimidos por la OMS (Organización Mundial de la Salud). Estos destacaban también que 8 de cada 100 fallecimientos se deben a enfemerdades no infecciosas, como las circulatorias o el cáncer.

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