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teresa díaz guzmán

despeinada agreste pelirroja

belleza agreste

Agreste. Me gusta esa palabra. Me gusta cómo suena. Me ha gustado desde niña, aunque ya no recuerde que una vez lo fui. Veo un campo de cereales, con las balas de paja aún por recoger. Muchas veces sueño con ese lugar, siempre el mismo o muy parecido. Hoy he leído en un libro que encontré en el suelo, junto al contenedor azul: «Hay mujeres de una belleza agreste. Ella intentaba poner orden en el pequeño caos que eran sus cabellos, con rizos cobrizos que le caían por la espalda, pero era inútil». Y la he visto, con ese pelo alborotado y un peto vaquero con un tirante suelto, en ese paisaje campestre. Y no me veo pero sé que soy yo, con mi pelo de tonos cobrizos, rizos que casi forman un círculo perfecto de tan cerrados… En realidad, sólo con suerte, los días de mucho sol, alcanzo un color rojo vivo pero nadie me aplica el adjetivo agreste, mucho menos el de bella, a estas alturas. Se limitan a llamarme, entre risas, la despeinada.

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